Sedia in Patio / Cabe una silla más
El del taburete
Un relato de ficción que imagina el origen de «Cabe una silla más».
Ficción · El origen imaginado · 8 min de lectura
1. La mesa de seis
Teo tenía instrucciones de no invitar a nadie. Las recibió mientras sujetaba una tabla que Inés quería añadir a la mesa del patio. Alba decía que seis personas cabían sin problemas; Nico intentaba demostrarlo con seis platos y una fuente que todavía no estaba llena. La tabla se inclinó y el aparador recibió un golpe.
—Sujeta tu lado —dijo Inés.
Teo lo estaba sujetando. No dijo nada porque también había empujado un poco para comprobar la resistencia. Cuando la tabla quedó nivelada, salió al portal a buscar el taburete que usaban para cambiar la bombilla. Era estrecho, de madera oscura, y tenía una pata marcada con pintura blanca.
La cena la había propuesto Alba para conocer a dos vecinos nuevos. La primera invitada llegó sola. El segundo apareció con dos personas que, según explicó, ya tenían planes con él. Nadie quiso empezar la noche haciendo cuentas en el umbral. Inés añadió dos vasos y Teo volvió a buscar otra silla.
En el rellano lo esperaba un hombre con una camisa verde y una bolsa de tela. Señaló el taburete.
—Ese es mío.
Teo miró la marca blanca. Lo habían encontrado meses atrás junto al cuarto de los contadores, con un papel que decía «llevarse». Había servido para ensayar, alcanzar un armario y sostener una maceta. Teo llevaba tiempo pensando en lijarlo, aunque nunca encontraba una tarde suficientemente libre.
El hombre dijo que el papel era para unas cajas. El taburete estaba al lado. Había pasado una temporada fuera y, al volver, ya no lo encontraba. Teo se lo entregó con una disculpa que le salió atropellada. El hombre examinó la pata y preguntó qué había pasado con el asiento.
Una esquina tenía una quemadura pequeña. Teo recordó de inmediato una vela, una noche de ensayo y la decisión de poner una taza encima para que no se notara. Dijo que había sido él.
—Puedo arreglarlo.
—Ahora voy con prisa.
El hombre levantó el taburete bajo el brazo. En la bolsa de tela llevaba platos. Teo le deseó buena cena y volvió al patio sin nada en las manos.
2. El puesto ocupado
Su sitio había desaparecido. Donde había dejado una servilleta estaba sentada una mujer de rojo que contaba un chiste. Nico se había colocado en el extremo de la tabla y sostenía el plato con una mano. Alba movió la ensalada para hacer hueco a otro vaso.
—¿El taburete? —preguntó Inés.
Teo explicó la historia. La mujer de rojo dejó de hablar para decir que ella tenía uno parecido. Durante un momento todos quisieron saber si era plegable, si se podía pedir prestado y si alguien tendría que subir más de un piso a buscarlo. Teo prefirió comer de pie.
Al primer bocado sonó el timbre. El hombre de la camisa verde seguía en el portal. Había dejado la bolsa y ahora llevaba el taburete delante del cuerpo, con ambas manos.
—No es para devolverlo —dijo antes de que Teo hablara—. ¿Me prestas una lija?
Teo fue a buscarla. El hombre lo siguió hasta el patio y se quedó junto a la puerta. Nico interpretó que faltaba por sentarse y pidió que alguien se moviera un poco. La mujer de rojo adelantó su plato. Inés retiró un cubo. El taburete encontró un hueco entre dos sillas.
Cuando Teo volvió con la caja de herramientas, el hombre estaba probando la ensalada.
—Me han dicho que me siente un momento.
Se llamaba Marcos. Vivía enfrente, aunque ninguno parecía haberlo visto antes. La mujer de rojo supuso que venía con el vecino nuevo; el vecino creyó que conocía a Teo; Nico estaba seguro de haber oído que era hermano de alguien. Marcos negó todas las relaciones y pidió pan.
Teo dejó la lija en una esquina. Podía esperar hasta después de cenar. Se quedó apoyado en el aparador, mirando el taburete ocupado por su dueño. Era una situación perfectamente razonable y, sin embargo, le costaba encontrar dónde poner los brazos.
3. Una quemadura pequeña
Marcos contó un chiste a mitad del segundo plato. La mujer de rojo le respondió con otro y acabaron discutiendo por cuál de los dos estaba peor contado. Teo servía lo que quedaba de comida. Cada vez que acercaba una fuente, alguien quería saber por qué no se sentaba.
La silla que quedaba estaba al fondo del cuarto de ensayo, bajo un teclado. Para sacarla había que desconectar dos cables y mover una caja de platos. Teo lo sabía porque la había metido allí. Dijo que estaba bien de pie y salió a la cocina con una fuente vacía.
Alba lo siguió. No le pidió que explicara qué le pasaba; abrió un armario y le señaló los vasos limpios. Luego se apoyó en la encimera.
—Le has quemado el taburete.
—Ya se lo he dicho.
—Pensé que por eso estabas raro.
Teo dejó un vaso demasiado cerca del borde. Lo apartó y dijo que no era eso. Habían pasado meses usando un objeto que no era suyo. Ahora el dueño estaba sentado en su sitio y él tenía que arreglar el asiento. Sabía que aquello sonaba peor al decirlo en voz alta.
Alba preguntó si quería que echaran al hombre del patio. Teo soltó una risa involuntaria. Ella se llevó los vasos y lo dejó terminar de ordenar la cocina. No había conseguido resolver nada, pero tampoco había convertido el asunto en una lección.
Cuando volvió, Marcos estaba enseñando la quemadura a Inés. Explicaba cómo levantar la capa dañada sin lijar demasiado. Teo se acercó, dispuesto a repetir la oferta de arreglarlo. El hombre lo dejó hablar y después le pidió que sujetara el taburete.
Trabajaron en el umbral para no llenar la mesa de polvo. El resto siguió cenando. Marcos dijo que el taburete lo había hecho él en un curso, que era el único mueble que había terminado antes de abandonar. Una de las patas había quedado más corta y por eso siempre lo ponía junto a la pared.
Teo enseñó la marca blanca. La habían añadido para reconocer la pata corta y orientarla hacia una junta del suelo. Marcos pasó el pulgar por la pintura.
—Yo ponía un cartón.
No dijo que la marca le gustara. Tampoco pidió que la quitaran. Lijaron alrededor de la quemadura hasta que dejó de notarse al tacto. Todavía quedaba una mancha, más clara que antes. Teo encontró cera en un cajón y descubrió que el envase estaba vacío. Marcos dijo que tenía en su casa.
4. El sitio que faltaba
Fue a buscarla y regresó con la cera, dos mandarinas y una silla plegable. Teo recibió la silla sin entender al principio para quién era. Marcos señaló el hueco que habían abierto al sacar el taburete. Ahora cabían los dos, si la mujer de rojo acercaba un poco su plato.
Marcos quiso pagar la parte de la cena que había comido. Lo dijo en voz baja, mientras guardaban la cera, para no reabrir la cuenta de invitados. Teo no aceptó el dinero. Le preguntó si sabía ajustar el pedal de una batería, que tenía un juego lateral difícil de corregir. Marcos dijo que tendría que verlo y que no prometía nada. Quedaron para probar el domingo. No era un intercambio equivalente y ninguno intentó calcularlo. Teo anotó la hora en el mismo papel que habían usado para proteger la mesa al lijar. Tuvo que sacudir el polvo antes de escribir.
Comieron el postre con las herramientas aún sobre la mesa. La dueña del patio no estaba invitada aquella noche, pero pasó a devolver un recipiente y se quedó de pie en la puerta. Teo quiso levantarse. Inés lo detuvo apoyando una mano en el respaldo de su silla y fue ella a buscar otro asiento.
La cuenta volvió a empezar. Nadie recordaba si habían puesto platos para seis, siete o nueve. Marcos dijo que él había seguido al del taburete y eso debería anotarse en algún sitio. Nico encontró un papel y empezó a dibujar flechas entre los comensales. Antes de terminar ya había descubierto dos relaciones equivocadas y una persona cuyo nombre no sabía.
La mujer de rojo se llamaba Amalia. Se lo había dicho al entrar, pero todos parecían haberla archivado por el color de la ropa. Lo anunció sin enfadarse y pidió que le enseñaran el dibujo. Cambió dos flechas, añadió la suya y reclamó el bolígrafo como pago por la corrección.
Más tarde, Marcos recogió los platos con una naturalidad que sorprendió a Alba. Ya sabía dónde estaba el fregadero y había localizado un paño limpio. No intentó hacerse indispensable; se limitó a preguntar en qué armario guardaban las fuentes. Teo le indicó el estante y se puso a secar.
El taburete quedó junto a la puerta. La cera necesitaba tiempo. Marcos dijo que pasaría al día siguiente para llevárselo, o cuando dejara de pegarse. Teo le entregó la lija. El hombre quiso devolverla y él señaló el asiento: todavía podía hacerle falta otra mano.
Cuando sonó de nuevo el timbre, todos miraron el dibujo de Nico, como si pudiera decir quién faltaba. Era una vecina del piso de arriba que pedía bajar un poco las voces. Vio los platos, reconoció a Marcos y le preguntó por las mandarinas que le había prometido.
Marcos miró la fuente del postre. Amalia había pelado las dos y las había repartido en gajos. Se levantó despacio, dispuesto a explicar. La vecina lo escuchó, miró la mesa y preguntó si al menos quedaba café. Teo buscó una taza mientras Inés volvía a abrir la silla que acababa de plegar. Nico añadió otra flecha, pero no encontró dónde escribir el nombre.