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Sedia in Patio / Il giro lungo

El sobre sin sello

Un relato de ficción que imagina el origen de «Il giro lungo».

Ficción · El origen imaginado · 8 min de lectura

1. Dos cosas que comprar

Inés llevaba las pilas en el bolsillo desde la víspera. Las notaba contra el muslo cada vez que daba un paso y, aun así, dejó que Nico dijera que tenían que ir a comprarlas. Él necesitaba pan. El establecimiento estaba enfrente del patio, pero al llegar al paso de peatones siguió caminando hacia el puente.

—El de aquí lo tiene más caro —dijo.

Inés miró el precio escrito junto a la puerta. Era el mismo de siempre. Podía haber señalado el cartel, pero no tenía especial interés en volver al ensayo. Alba y Teo estaban discutiendo sobre el comienzo de una canción. Inés había recibido un sobre aquella mañana y lo llevaba doblado dentro del cuaderno. Quería leerlo sin que los demás pudieran verle la cara.

Al otro lado de la calle, Nico se detuvo ante un escaparate cerrado. Preguntó si la tienda de electricidad abría los sábados. Inés dijo que quizá. Las pilas chocaron entre sí dentro del bolsillo. Metió una mano para que dejaran de sonar.

El sobre no era una carta de amor ni una notificación urgente. Contenía la respuesta de un taller que restauraba instrumentos. Inés había preguntado meses atrás si aceptarían a alguien para aprender. Le ofrecían ir tres tardes por semana durante una temporada. No le pagarían al principio; después ya verían. El taller estaba a varias horas de distancia. La propuesta venía escrita con una amabilidad que dejaba todas las preguntas importantes en el aire.

No había contado que se había presentado. Todavía no sabía si aquello convertía el sobre en un secreto. Nico, por su parte, llevaba una bolsa vacía que doblaba y desdoblaba al caminar. Cada vez que se acercaban a una panadería encontraba una razón para seguir.

Inés le preguntó si buscaba un pan concreto.

—Uno que no esté caliente.

—Puedes comprarlo y esperar.

Nico examinó la bolsa como si acabara de descubrir esa posibilidad. Cruzaron el puente sin entrar en ninguna tienda.

2. La panadería de la esquina siguiente

El segundo establecimiento estaba a punto de cerrar. La dependienta barría entre las mesas y dijo que solo quedaban dos hogazas. Nico pidió una y se quedó mirando la otra. Inés compró una botella de agua. Al salir, él llevaba el pan colgando de la mano; la bolsa le golpeaba la rodilla.

—Ahora las pilas —dijo ella.

Nico señaló una calle que bajaba hacia una plaza. Había una ferretería por allí, aseguró. Inés sabía que estaba cerrada por obras. Lo acompañó de todos modos. Empezaba a divertirse aquel acuerdo tácito por el que ninguno tenía que justificar la distancia.

En la plaza encontraron una mesa con libros usados. Un hombre quería venderles un atlas incompleto. Faltaban varias páginas y habían aparecido, en cambio, un plano de una instalación de gas y una receta de croquetas. Nico buscó el índice. Inés comprobó las páginas arrancadas: el papel se había desprendido por el lomo, no estaba cortado.

Le gustaba arreglar cosas que permitían ver dónde estaba la avería. Si una cuerda no vibraba, se podía comprobar el puente, la cejuela, la tensión. El sobre del taller no tenía ninguna pieza rota que señalar. La oferta podía ser una oportunidad o tres tardes trabajando gratis hasta que sus ahorros se acabaran. Ambas interpretaciones cabían perfectamente en la misma hoja.

Nico compró el atlas. Inés le preguntó para qué lo quería.

—Todavía hay países.

—También tendrás que llevarlo.

Él lo metió bajo el brazo equivocado y aplastó el pan. Cambiaron la distribución de los paquetes. Inés acabó llevando el atlas, que pesaba bastante más de lo que su ausencia de páginas permitía esperar.

El teléfono de Nico vibró. Era Alba: preguntaba si se habían quedado a vivir en la tienda. Él contestó que buscaban las pilas. Inés notó el pequeño cilindro bajo los dedos y, por primera vez, la mentira dejó de parecerle enteramente suya.

3. La correspondencia

Se sentaron en una plaza que no conocían. El banco daba a la pared de una escuela y apenas recibía sol en un extremo. Nico abrió la bolsa del pan y ofreció un trozo. Inés lo partió apoyándolo contra la rodilla. Habían salido sin comer porque la compra iba a durar cinco minutos.

Nico dijo que necesitaba un sello. La explicación llegó después de una pausa demasiado larga. Inés miró el atlas y luego a él.

—¿Tienes una carta?

—No.

—Entonces puedes esperar a escribirla.

Nico se quedó con una miga entre los dedos. Quería llamar a un antiguo compañero que le había pedido ayuda para mover un teclado. Había dicho que no podía y luego lo había visto cruzar la calle, cargando solo con un extremo del instrumento. No sabía cómo volver a llamarlo sin fingir que acababa de recordar el recado.

Inés esperaba algo más grave. Se sorprendió al notar que aquello la impacientaba. Ella llevaba una decisión enorme en el cuaderno y Nico hablaba de una llamada. Se lo dijo de una forma poco amable: si tenía el número, podía pulsarlo.

Él guardó el pan.

—Si fuera tan fácil no llevarías esa carta doblada desde que salimos.

Inés bajó la mirada. Una esquina del sobre sobresalía entre las hojas. Pensó en levantarse, terminar la compra inexistente y volver sola. En lugar de eso sacó las pilas y las dejó en el banco.

Nico las miró sin tocarlas. Después empezó a reír, primero con cautela y luego con una falta de delicadeza que a Inés le resultó difícil no compartir. Ella dijo que las había comprado el día anterior. Él preguntó cuántas tiendas pensaba recorrer antes de contárselo.

—Las que hicieran falta.

Le dio la carta. Nico la leyó de principio a fin y volvió a la primera línea. No dijo que debía aceptar. Preguntó dónde dormiría, cuánto costaba el viaje y si el taller había puesto por escrito lo que ocurriría después de aquella temporada. Inés tenía respuestas para dos preguntas y suposiciones para las demás.

Nico pidió el bolígrafo. En el reverso de la hoja hizo una lista, con espacio para anotar las respuestas. Su letra era mucho más clara cuando no tenía que escribir música deprisa.

El banco tenía una tabla suelta en un extremo. Antes de levantarse, Inés intentó apretar el tornillo con la punta de una llave. Nico sujetó la madera y acabaron cediendo: les faltaba la herramienta correcta. Él propuso llevarla la próxima vez. Inés preguntó si pensaba volver hasta allí solo por un tornillo. Nico recogió el atlas, que se había quedado abierto por una página sin mapa, y dijo que ya conocían el camino. Ella anotó el nombre de la plaza en el reverso de la carta. Al lado de las preguntas sobre el taller añadió una palabra pequeña: destornillador.

4. Una calle que no conocían

Llamaron al taller desde el banco. Contestó una mujer que al principio no recordaba el sobre. Inés tuvo que decir su nombre dos veces. Preguntó por los horarios, el seguro y el trabajo que haría. La mujer respondió algunas cosas y prometió consultar otras. No parecía ofendida. Tampoco tan encantada como en la carta.

Cuando colgó, Inés tenía una cita para hablar de nuevo y varios números escritos en el margen. La oferta seguía allí, menos brillante y más precisa. Nico quería saber si eso era bueno. Ella dobló el papel siguiendo los mismos pliegues.

—Todavía no lo sé.

Él asintió y buscó el número de su compañero. La conversación fue más corta. Ofreció ayudar al día siguiente, escuchó un rato y respondió que sí, que había sido un idiota. No usó ninguna de las frases que había ensayado mientras caminaban. Al terminar dijo que el teclado ya estaba arriba, pero faltaba montarle las patas.

Volvieron a mirar el mapa. La aplicación había unido sus desplazamientos en una forma absurda: un lazo, dos cruces, casi un ocho. Inés apagó la pantalla con el pulgar. Podían volver por el puente. También había una calle estrecha detrás de la escuela que parecía salir cerca del patio.

Nico preguntó si estaba segura. Ella dijo que no. Él se levantó y trató de meter el atlas en la bolsa del pan. Una esquina rompió el papel y la hogaza cayó sobre el banco. La recogieron, sacudieron las migas y decidieron llevar cada cosa por separado.

La calle no salía cerca del patio. Acababa en un pequeño jardín con dos entradas y una fuente cerrada. Tuvieron que rodearlo. En el camino encontraron una tienda donde vendían sobres sueltos. Nico compró uno para guardar las páginas que se desprendían del atlas. Inés pidió otro, sin sello.

Al llegar, Alba estaba preparando café. Teo tenía el reloj despertador abierto sobre una mesa y un tornillo entre los labios. Inés dejó las pilas junto a él. Nico puso el pan al lado, tan aplastado que parecía haber viajado debajo de alguien.

—Habéis tardado —dijo Alba.

—Hemos dado una vuelta —respondió Nico.

Inés guardó la carta en el sobre nuevo. Esta vez lo dejó encima del cuaderno, a la vista. Antes de empezar a tocar les contaría lo del taller. Primero quería comer otro trozo de pan y escuchar cómo habían resuelto el comienzo de la canción durante su ausencia.

Teo puso las pilas. El despertador sonó inmediatamente y ninguno encontró el botón. Acabaron riéndose alrededor de la mesa, con las manos ocupadas por herramientas y migas. Nico repitió una frase que llevaba diciendo toda la mañana: podían tomar el camino largo. Alba preguntó si eso también formaba parte de la letra. Él buscó un lápiz que aún escribiera.

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