Sarelunia / Piso sin ascensor
Cuatro sillas y un ventilador
Un relato de ficción que imagina el origen de «Piso sin ascensor».
Ficción · El origen imaginado · 8 min de lectura
1. La marca en la pared
La estantería dejó en la pared un rectángulo limpio y cuatro agujeros. Irene lo miró como si no hubiera decidido todavía si pertenecían a la casa o a sus cosas. Sarelunia sujetaba el otro extremo del mueble. Llevaban cinco minutos sin moverse porque la puerta del dormitorio era más estrecha de lo que recordaban.
—Gíralo hacia ti —dijo Irene.
—Ya está hacia mí.
—Tu otro hacia ti.
Las dos soltaron a la vez y la estantería cayó sobre una manta. Abajo alguien dio un golpe en el techo. Irene levantó los ojos y contestó con dos nudillos contra el suelo. Era un intercambio antiguo, anterior a la llegada de Sarelunia a aquella casa. Nunca había visto al vecino.
El camión vendría a las nueve. Irene había vendido el sofá, regalado las plantas y escrito el nombre de cada habitación en cajas que ya no respetaban ninguna distribución. En la de «baño» había libros y en «frágil» una bolsa de calcetines. Se marchaba a un piso compartido más pequeño, cerca del trabajo. Decía que así tardaría menos en llegar. No hablaba de las dos habitaciones vacías que dejaba atrás.
Sarelunia había llevado cena para cuatro. Calculó mal las escaleras y llegó al cuarto con una bolsa caliente apretada contra el pecho. En el segundo piso se le había deshecho el nudo del jersey que llevaba a la cintura. Tuvo que recogerlo con los dientes mientras buscaba el timbre. Irene abrió antes de que llamara: reconoció la forma en que iba maldiciendo cada peldaño.
En la cocina solo quedaban cuatro sillas, una mesa plegable y un ventilador. El frigorífico estaba desenchufado. Dentro, sobre una balda seca, Irene guardaba un bol con hielo envuelto en un paño.
—Para la última cena —dijo.
Sarelunia puso la comida en la mesa. Debía ayudar a vaciar, cenar pronto y volver a casa. Tenía una mañana ocupada y había prometido no quedarse. Irene la escuchó con la cabeza dentro de un armario, buscando un vaso que supuestamente acababa de ver.
2. Los que llegaban tarde
Bruno llegó con cinta de embalar y sin las herramientas que había ofrecido. Celia trajo las herramientas y una bolsa de pan. Se conocían de visitar aquel piso, pero nunca habían coincidido fuera de él. Bruno preguntó si el sofá se lo llevaba alguien de confianza. Irene dijo que lo había vendido a una mujer que no conocía.
—Ese sofá es nuestro —respondió él.
Irene dejó de doblar el mantel. Sarelunia vio que pasaba una uña por la costura y esperó. Bruno siguió hablando de una mancha que habían hecho una noche, del hueco donde siempre se perdían las monedas, de lo mal que iba a sentarse en otra casa.
—Entonces tendrías que haberlo bajado tú —dijo Irene.
La frase acabó con la conversación. Celia se puso a cortar pan sobre una caja. Bruno dejó la cinta en el alféizar y dijo que buscaría la manera de sacar la estantería. No pidió disculpas, pero esta vez levantó su lado sin dar instrucciones.
El timbre sonó cuando empezaban a servir. Era Samuel, el comprador de la lavadora. Había entendido que podía recogerla aquella noche. Venía solo, con una carretilla demasiado pequeña y la expresión de alguien que empieza a comprender el número de escaleras. Irene le enseñó el aparato, todavía conectado.
—Mañana puedo traer a mi cuñado —dijo él.
—Mañana tengo que entregar las llaves.
Sarelunia acercó el quinto plato a la mesa y descubrió que no había silla. Samuel quiso marcharse para llamar a alguien. Celia le ofreció el borde de una caja; no podían bajar una lavadora con el estómago vacío, explicó, aunque tampoco parecía un plan sensato después de cenar.
Comieron con las rodillas chocándose. Samuel dijo que la lavadora era para su madre y que no quería llegar sin ella después de haber presumido de encontrar una barata. Bruno le preguntó por la carretilla. El hombre confesó que era prestada y que solo había servido antes para transportar sacos de tierra. Irene soltó una risa breve. El mantel volvió a desplegarse sobre sus rodillas.
3. La canción del segundo
Desde el piso de abajo llegaba una melodía que se detenía siempre en el mismo sitio. Alguien practicaba un instrumento o repetía una grabación. Sarelunia llevaba toda la tarde oyendo esos compases sin conseguir recordar cómo continuaban. Irene dijo que el vecino llevaba años aprendiendo canciones a medias.
—A lo mejor las termina cuando tú no estás —dijo Celia.
Bruno encontró un altavoz en una caja marcada «sábanas». Lo conectó para tapar la repetición. La primera canción fue tan fuerte que todos alargaron la mano a la vez. El vecino dio dos golpes. Irene golpeó el suelo una sola vez y Bruno bajó el volumen.
Después de cenar intentaron desmontar la mesa. Faltaba una llave adecuada y la que Celia había traído se quedó atascada en un tornillo. Samuel la liberó con una cucharilla. Había dejado de mirar el teléfono. Para bajar la lavadora, propuso quitar primero la puerta de la cocina y sujetar el tambor con unos pernos que no estaban allí.
Era casi medianoche. Irene buscó los pernos en un cajón y encontró una caja de fotografías. No eran buenas: pies, techos, caras movidas, un primer plano de un vaso. Bruno reconoció una noche en que se había ido enfadado y preguntó por qué habían hecho tantas fotos después de su marcha.
—Porque dejaste el teléfono —dijo Irene.
Miraron la imagen del techo. En una esquina se veía la mano de Bruno, así que tampoco podía haberse marchado. Discutieron sobre el orden de los acontecimientos hasta que Celia puso la caja boca abajo. Una moneda salió rodando bajo el mueble.
La música seguía. Sarelunia estaba descalza porque había pisado un poco de agua junto al frigorífico. Celia le enseñó un paso que no lograba imitar sin entrar antes de tiempo. Lo intentaron entre la mesa y las cajas. Samuel se apartó para dejarles sitio y acabó marcando el ritmo con la cucharilla contra el vaso.
Bruno quiso grabarlas. Irene le quitó el teléfono y lo dejó encima del armario, apuntando hacia arriba. Solo grabaría el techo, otra vez. Él abrió la boca para protestar, pero la canción entró en una parte que conocía y se olvidó del vídeo.
Irene encontró después una caja de tazas que nadie quería llevarse. Había cinco, todas distintas, y una conservaba una grieta junto al asa. Celia la apartó para tirarla, pero Bruno dijo que podía usarla para guardar tornillos. No pretendía salvar toda la vajilla: eligió esa y dejó las otras donde estaban. Irene repartió dos, guardó una para sí y llevó la última a la cocina. Sarelunia tomó el vaso que tenía delante. Ya llevaba bastante equipaje con la bolsa de la cena y los zapatos mojados. Irene aceptó que no cogiera nada, y siguieron recogiendo sin tener que justificar cada objeto.
4. La lavadora quieta
A la una, Samuel recibió una llamada. Su cuñado no podría venir. Se quedó en la puerta de la cocina con el teléfono pegado a la oreja y repitió varias veces que no pasaba nada. Cuando colgó, pidió que le devolvieran la señal y prometió no molestar más.
Irene fue al bolso. Sarelunia la vio buscar el dinero entre recibos. No había contado con tener que volver a vender el aparato ni con que la cocina siguiera llena al llegar el camión. Samuel desmontó el asa de la carretilla con una paciencia que solo empeoraba el silencio.
Bruno dijo que él tenía una furgoneta pequeña en el trabajo. No podía usarla de noche, pero a las siete podría recogerla. Irene preguntó por qué no lo había dicho antes.
—Porque no quería pasar mañana moviendo cosas.
No lo adornó. Irene lo miró y dejó de buscar el dinero. Samuel explicó que aún les faltaban los pernos. Celia recordó una ferretería junto al mercado que abría temprano. Hicieron una lista en el cartón de una caja. Esta vez cada tarea quedó junto a un nombre.
Cuando volvieron al salón, el altavoz se había apagado. Quedó el zumbido del ventilador y, desde abajo, la melodía incompleta. Sarelunia la tarareó con un final inventado. La música del vecino se detuvo. Por un momento todos se quedaron quietos, como si acabaran de llamar a una puerta equivocada.
Después sonaron tres notas nuevas. Celia levantó una ceja. Sarelunia respondió con otras dos y se equivocó. Del piso inferior llegó una risa, perfectamente audible a través de las tuberías.
No organizaron ningún concierto. Samuel se quedó dormido en una silla e Irene siguió embalando platos. Bruno barrió las pelusas que habían dejado los muebles. Sarelunia le sujetaba la bolsa de basura. A ratos uno de los dos repetía el final de la melodía y el otro lo cambiaba sin darse cuenta.
Al amanecer bajaron la primera caja. En el segundo piso había una puerta entreabierta y un hombre con una taza. Preguntó si necesitaban ayuda. Irene dijo que tenía una lavadora pendiente y el hombre soltó una carcajada tan grande que hubo que explicar que la oferta iba en serio.
La bajaron entre cuatro, despacio, descansando en cada rellano. Samuel iba delante con las manos abiertas, como si pudiera detener el aparato si se soltaba. Al llegar a la calle nadie celebró nada: les dolían los brazos y faltaba la estantería.
Antes de regresar arriba, Sarelunia miró el cuarto piso. El ventilador seguía girando detrás de la ventana. Irene le había prometido llevárselo, pero aún no tenía dónde ponerlo. Decidió preguntárselo después. Había dejado los zapatos debajo del último mueble y, hasta que no los encontrara, tampoco podía marcharse muy lejos.