Sarelunia / La última luz
La película que faltaba
Un relato de ficción que imagina el origen de «La última luz».
Ficción · El origen imaginado · 8 min de lectura
1. Las cajas azules
El cine llevaba tres semanas cerrado al público, pero Elisa seguía subiendo a la cabina cada jueves. Guardaba tornillos en sobres y escribía su medida en el reverso. Las cajas de las películas estaban vacías. Las habían recogido antes que las butacas, como si las imágenes hubieran tenido más prisa por marcharse.
Sarelunia la encontró arrodillada junto a un cajón. Había ido a devolver una linterna que tomó prestada durante la última función. Elisa se la había dejado para buscar un pendiente entre las filas. El pendiente apareció en el bolsillo de la chaqueta cuando ya estaban desmontando el vestíbulo. Sarelunia no había encontrado una manera elegante de contarlo y había tardado una semana en volver.
—Así que no estaba debajo de la butaca —dijo Elisa.
—Estaba cerca de mí.
—Eso dijiste aquella noche. No mentías.
La linterna entró en un sobre que no le correspondía. Elisa la sacó, se rio y se sentó en el suelo. Tenía que entregar el edificio a la mañana siguiente. El comprador conservaría la fachada, según le habían dicho. Aún no sabía qué haría con el cartel de letras móviles.
Sarelunia miró por el cristal de la cabina. En la pantalla quedaba un rectángulo más claro, rodeado de polvo. Dos butacas esperaban a mitad del pasillo, enfrentadas como personas que habían dejado de hablar. Preguntó si necesitaba ayuda.
Elisa señaló tres cajas azules. Una contenía programas de mano, otra una cafetera y la tercera pequeños objetos perdidos. Había guantes, gafas, una gorra y una cartera sin documentos. Debían llevarlas al local de la asociación, al otro lado de la plaza. Luego cerrarían. Elisa dijo «luego» con la misma voz con que una semana antes había dicho «todavía».
Al fondo del cajón encontraron una grabación doméstica. La etiqueta ponía «Para cuando salgamos». No tenía fecha ni nombre. Elisa la sostuvo contra la luz.
—Mi hermano grababa las fiestas del personal. Siempre prometía hacer una película.
—¿La viste?
—Él tampoco. Nunca encontraba el cable.
Elisa guardó la cinta en el bolso. Sarelunia esperó que propusiera buscar un reproductor, pero la mujer se levantó y siguió llenando sobres.
2. El turno de cerrar
En la calle llovía sin fuerza. Habían colocado las cajas sobre un carro de reparto que se desviaba hacia la derecha. Sarelunia empujaba desde atrás y Elisa corregía el rumbo con el pie. A media plaza, un programa de mano salió volando. Lo persiguieron hasta una terraza cerrada, donde quedó atrapado bajo una silla.
Elisa se agachó antes de que Sarelunia pudiera ayudarla. Se incorporó con el programa mojado y una carcajada que se le cortó en tos.
—Ese estreno fue un desastre. La copia llegó sin el final.
Sarelunia pensó que hablaría de una reclamación o de espectadores enfadados. Elisa contó que su hermano había salido delante de la pantalla y había explicado cómo acababa la película usando dos vasos de plástico. Nadie recuperó el dinero. Varias personas volvieron a la sesión siguiente para comprobar si lo había contado bien.
En la asociación no había nadie. El teléfono del responsable estaba apagado y Elisa no encontraba la llave que le habían dejado. Revolvió el bolso y sacó la cinta, un pañuelo y una cucharilla envuelta en papel. La llave apareció dentro de un guante. Abrieron un cuarto lleno de mesas plegables.
Sarelunia dejó su caja en el suelo. Desde una sala cercana llegaba un ensayo de baile. Una voz contaba pasos, perdía la cuenta y empezaba otra vez. Elisa quiso llevarse la caja de objetos perdidos de vuelta al cine.
—Aquí se va a perder —dijo.
—Allí ya no van a poder recogerla.
La respuesta salió demasiado seca. Elisa apretó el asa del cartón. Sarelunia pensó en disculparse, pero no encontraba una frase que no convirtiera una caja en algo mucho más solemne. Al final propuso sacar una foto de los objetos y ponerla en la puerta de la asociación.
Lo hicieron sobre una mesa. Elisa colocó las gafas junto a la gorra y después cambió de sitio un guante. Pasaron varios minutos así. La profesora de baile se asomó para pedirles silencio y acabó reconociendo el paraguas pequeño del fondo. Lo había perdido hacía dos inviernos.
—No lo abra aquí —dijo Elisa.
La mujer ya lo estaba abriendo. Un alambre se soltó y hubo que llamar a alguien para que sujetara la tela mientras lo cerraban. Cuando terminaron, las dos cajas restantes habían encontrado un rincón. Elisa dejó también la de los objetos.
La profesora quiso saber si habían encontrado algo suyo además del paraguas. Elisa recordó una bufanda roja, pero era de lana gruesa y la mujer negó con la cabeza. Siguieron buscando juntas hasta que sonó el teléfono de una alumna. Elisa cerró la caja despacio y escribió un horario de recogida sobre una hoja. Se la dio a la profesora para que la colgara en la entrada. Ya no podía atender personalmente a todos los que volvieran por sus cosas. Dejó un número de contacto y, antes de marcharse, comprobó que el papel no tapaba los avisos de las clases.
3. La luz que quedaba
Volvieron al cine por un camino distinto. El toldo de la tienda de la esquina goteaba sobre una fila de cajones. Elisa insistió en pasar por debajo aunque había sitio para rodearlo. Salió con el pelo lleno de agua y dijo una palabra que Sarelunia no le había oído nunca.
La última tarea era cortar la corriente. Había que comprobar cada estancia porque el cuadro estaba mal rotulado. Elisa encendía una lámpara y Sarelunia bajaba un interruptor. Se gritaron instrucciones desde extremos opuestos del edificio. Desaparecieron la luz del vestíbulo, la de los baños y una bombilla que nadie recordaba detrás de una cortina.
Quedaba la lámpara de la cabina. Elisa pidió que la dejaran para el final. Sobre la mesa había encontrado un sobre con fotografías. En una aparecía su hermano sosteniendo una bandeja; en otra, una mujer enseñaba a alguien a bailar entre las filas. El flash había borrado casi todas las caras.
—Esta es peor —dijo Elisa, pasando una foto.
Era un techo. Sarelunia reconoció una esquina de la lámpara que tenían encima.
Elisa empezó a reír y se tapó la boca con las fotografías. Luego dijo que no quería ver la cinta. La frase dejó a Sarelunia sin una respuesta preparada. Había pensado que todo lo ocurrido las conduciría hasta un aparato antiguo, una proyección, alguna clase de despedida ordenada.
—Puedes guardarla —dijo.
—Todos creen que tengo que verla. Mi hermano decía que había grabado cómo salíamos a la calle después de la función. A lo mejor no grabó nada. Hacía eso.
No explicó por qué su hermano ya no estaba allí y Sarelunia no preguntó. Elisa metió las fotos en el sobre, lo dobló por donde no debía y volvió a sacarlas para alisar las esquinas. Afuera se oyó una persiana.
Sarelunia bajó hasta la puerta principal. Desde allí podía ver a Elisa detrás del cristal de la cabina, pequeña, rodeada de objetos que todavía no cabían en ninguna bolsa. Le hizo un gesto. Elisa levantó un dedo: un minuto. Sarelunia se apoyó en la pared y esperó.
Cuando la mujer apareció en el rellano, la lámpara seguía encendida.
—Te toca —dijo, alargándole la llave del cuadro.
Sarelunia volvió arriba. Al pulsar el interruptor, la cabina dejó de ser una habitación y se convirtió en el borde de un cristal oscuro. Tuvo que buscar la escalera con la linterna recién devuelta.
4. La que empieza por el final
Elisa quería irse a casa. Lo dijo mientras guardaba las llaves, mientras comprobaba la cerradura y mientras cruzaban la plaza. Frente a la asociación se detuvo. La profesora de baile estaba en la puerta, peleándose otra vez con el paraguas. Las reconoció y les pidió que entraran un momento a sujetar una mesa.
El ensayo había terminado. Quedaban tres personas, una bolsa de zapatos y un reproductor que cambiaba de canción a mitad de los títulos. Apartaron la mesa para dejar espacio a los que llegarían por la mañana. Elisa se sentó sobre ella antes de que terminaran de moverla.
La profesora puso un tema y preguntó si alguien recordaba los pasos. Elisa negó, se levantó y los hizo mal a propósito. Sarelunia intentó seguirla. A la tercera vuelta ya no sabía si las equivocaciones estaban ensayadas. Una de las alumnas se sumó sin quitarse el abrigo.
—Pon la otra —pidió Elisa cuando acabó.
—¿Cuál?
—La que empieza como si ya se estuviera terminando.
Tardaron varias canciones en encontrarla. Durante la búsqueda, Elisa volvió a sacar la cinta. Preguntó si conocían a alguien con un aparato para verla. La profesora dijo que quizá su padre conservara uno, aunque no estaba segura de que funcionara. Elisa apuntó el número en el reverso de un programa de cine.
No llamaría esa noche. Dejó el papel dentro del bolso y lo empujó bajo la mesa. Cuando sonó la canción que buscaba, estaba ayudando a Sarelunia a deshacer un nudo en el cordón del zapato. Levantó la cabeza, reconoció el comienzo y se quedó quieta un segundo.
—Esta.
Sarelunia seguía agachada. Elisa le tendió una mano y tiró de ella antes de que terminara de atarse. Bailaron con el cordón suelto, pendientes de no pisarlo. La profesora volvió a poner el tema al acabar. Afuera, el cartel del cine había quedado apagado; dentro de la asociación todavía había alguien que pedía otra.
Mucho después, al recordar aquella vuelta por la plaza, Sarelunia mezclaría las lámparas que habían apagado con las ventanas que seguían abiertas. La risa de Elisa era más fácil de situar: cruzaba la mesa justo antes de que encontraran la canción. Empezó por esa risa cuando buscó las primeras palabras.