Sarelunia / Modo avión
La chaqueta equivocada
Un relato de ficción que imagina el origen de «Modo avión».
Ficción · El origen imaginado · 8 min de lectura
1. Una bolsa para cada cosa
Sarelunia había prometido devolver las llaves antes de las diez. A las dos y veinte seguían sobre la mesa, junto a una bolsa que no terminaba de llenarse. Dentro había un cargador, un libro de cocina que ninguno de los dos había usado y una bufanda gris. La bufanda era suya. La sacó y la dejó en una silla.
El mensaje de Darío llegó mientras buscaba el segundo guante. «Puedo pasar ahora». No preguntaba si estaba despierta. Ella llevaba toda la tarde diciéndose que aquel intercambio de objetos duraría cinco minutos, que podrían hablar en el portal sin subir, que no hacía falta ensayar ninguna frase. Había ensayado varias. Todas empezaban de una manera razonable y acababan preguntando algo que ya no quería saber.
Desde el patio subió una canción, interrumpida por alguien que pedía bajar el volumen. Después se oyó una carcajada. Sarelunia abrió el armario para coger el abrigo y encontró la chaqueta coral colgada del revés. Se la puso con una mano todavía ocupada por el teléfono. Falló la manga, tiró demasiado y soltó una palabra que habría hecho reír a Darío. Aquello la enfadó más que el mensaje.
En la pantalla apareció otra línea: «Dime dónde estás». Sarelunia escribió «En casa», lo borró y dejó el móvil boca abajo. Tenía hambre. Había comido de pie un trozo de pan, horas antes, y la cocina conservaba todos los platos de una cena que al final no había preparado. Abrió el frigorífico. Una mandarina rodó hasta el borde y tuvo que atraparla con el pie.
Llamaron a la puerta. Se quedó inmóvil con la fruta en la mano. No podían haber pasado ni dos minutos. Cuando miró por la mirilla encontró una frente, un ojo y el asa de una olla.
—¿Te sobra un colador? —preguntó Vera—. El nuestro ha desaparecido dentro de una operación bastante seria.
Vera vivía en el segundo. Se habían prestado herramientas y recibido paquetes, pero nunca habían cenado juntas. Llevaba una media de cada color. Sarelunia buscó el colador y se lo entregó.
—Hay pasta abajo. Y demasiada gente opinando sobre ella.
—Tengo que esperar a alguien.
Vera miró la bolsa del suelo. No preguntó quién.
—Te guardo un plato. El colador también tiene que volver, así que tienes una excusa.
2. El segundo piso
Sarelunia bajó diez minutos después con la olla pequeña que Vera había dejado olvidada. Había puesto el teléfono en modo avión. Le pareció una medida excesiva para bajar dos pisos y, precisamente por eso, lo guardó en el bolsillo interior. No quería volver arriba a cambiar de decisión.
La puerta estaba abierta. Un hombre sentado en el suelo intentaba arreglar un altavoz con cinta adhesiva. En la cocina, Vera sujetaba dos platos bajo el brazo y discutía con un muchacho sobre la cantidad de sal. Al ver a Sarelunia, señaló con la barbilla un hueco en la mesa.
—La silla cojea. Si te mueves hacia la izquierda, avisa.
Había seis comensales y cubiertos de tres juegos distintos. Nadie le pidió que se presentara hasta que terminó el primer plato. El hombre del altavoz se llamaba Óscar; estaba ayudando a vaciar una habitación porque Vera recibiría a una compañera de piso al día siguiente. La cena era una despedida de muebles: una estantería pequeña ya había bajado a la calle y el sofá llevaba toda la noche atascado junto a la puerta.
—No pasa por el ángulo —dijo Óscar.
—Pasa si dejas de llamarlo el ángulo y levantas tu lado —contestó Vera.
Sarelunia se rio con la boca llena. Se tapó demasiado tarde. Vera le acercó una servilleta sin interrumpir la discusión. El teléfono le pesaba contra las costillas, aunque no había vibrado. Aún podía imaginar los mensajes acumulándose. Darío quizá estaría en el portal, quizá habría decidido que ella estaba haciendo una escena. Sacó el móvil para mirar la hora y volvió a guardarlo antes de encender la pantalla.
Alguien preguntó si aquella chaqueta era impermeable. Sarelunia negó con la cabeza. La había comprado por los bolsillos, que parecían grandes hasta que se metía algo dentro. Para demostrarlo, buscó las llaves y sacó una pinza de la ropa.
—Eso explica dónde está media colada —dijo Vera.
La pinza pasó de mano en mano. Óscar se la puso en la manga para recordar que debía recoger el tendedero antes de bajar el sofá. Sarelunia acabó contándoles lo de la mandarina. No contó lo de Darío. Descubrió que podía terminar una anécdota sin que la conversación encontrara por su cuenta el asunto que le daba miedo.
Antes de levantarse, Vera le preguntó si quería llevarse lo que sobraba. Sarelunia buscó un recipiente y reconoció uno igual al que debía recuperar de Darío. Se quedó con él en la mano. Vera preguntó si tenía la tapa correcta; la del borde azul no cerraba. Probaron tres hasta encontrar una que encajaba y escribieron el contenido en un trozo de cinta. Aquel paquete sí quedó preparado enseguida. Sarelunia lo dejó junto a la olla para subirlo después. No sabía aún que, al regresar de madrugada, encontraría las dos bolsas en su cocina y tendría que mirar dentro para saber cuál debía entregar y cuál podía quedarse.
3. El abrigo del perchero
Con el café apartaron la mesa. La reparación del altavoz había funcionado con una condición: nadie podía tocar el cable azul. Óscar delimitó una zona de seguridad con dos zapatos. La primera canción se cortó a los veinte segundos. La segunda salió entera.
Sarelunia estaba lavando un plato cuando Vera le pidió que eligiera algo. Dijo que no sabía qué música tenían. Vera le mostró una lista larguísima y se fue a secar el suelo. Sarelunia reconoció un título a medias, lo confundió con otro y pulsó antes de pensarlo. El comienzo era completamente distinto de lo que esperaba. Levantó una mano para disculparse, pero Óscar ya estaba marcando el ritmo con el pie.
Bailaron alrededor de los zapatos. No había espacio para hacerlo bien y nadie parecía interesado en corregirlo. Una lámpara baja obligaba a pasar agachado por el centro. Sarelunia llevaba todavía la chaqueta; se la quitó, falló de nuevo la manga y empezó a reír antes de conseguir liberarse. La colgó en el perchero de la entrada, encima de otra casi igual.
Vera le habló al oído. La música tapó la mitad de la frase.
—¿Qué?
—Que no hace falta que vuelvas a poner la misma.
Sarelunia había dejado la canción en repetición. Miró la pantalla del reproductor y se echó a reír otra vez. Por primera vez en toda la noche el teléfono que quería tocar era el que estaba conectado al altavoz, no el que llevaba encima.
Más tarde, cuando fueron a sacar el sofá, alguien le entregó una chaqueta coral. Se la puso sin mirar. El bolsillo contenía un billete doblado, dos caramelos y una llave con una funda verde. El móvil no estaba. Tampoco la pinza.
Se quedó plantada en el rellano. Había dejado su teléfono en otra chaqueta y alguien podía llevárselo. Volvió al perchero, removió bufandas, levantó un abrigo negro. Encontró el suyo bajo una mochila. En la habitación, una mujer a la que no había visto antes buscaba algo entre las sillas.
—Creo que nos hemos cambiado —dijo Sarelunia.
La mujer se llamaba Julia. Se miraron los cuellos de las chaquetas: misma marca, distinta talla. Julia llevaba meses convencida de que los bolsillos eran una estafa. Sarelunia le devolvió los caramelos y conservó uno por invitación suya. Cuando por fin sacó el móvil, vio el icono del avión y dejó el dedo quieto sobre el botón.
Podía conectarlo. La noche no dependía de mantenerlo apagado. Aun así, no tenía ninguna respuesta que quisiera enviar desde aquel rellano. Volvió a guardarlo.
4. Una entrega por la mañana
El sofá salió al tercer intento. Para entonces había empezado a clarear y el suelo del portal estaba lleno de pequeñas pelusas que Vera recogió con la mano. Óscar quería tomar una fotografía del grupo, pero solo consiguió retratar el techo y el borde de una oreja. Julia se quedó sentada en el brazo del sofá, ya en la acera, mientras decidían quién necesitaba dormir primero.
Sarelunia subió a buscar la bolsa. La cocina parecía más pequeña con la luz de la mañana. Encontró el segundo guante dentro del libro, donde lo había dejado para marcar una receta. Se sentó. Quitó el modo avión.
Había cuatro mensajes. Darío no había llegado al portal. Había preguntado por las llaves, luego por la bolsa y finalmente había escrito que pasaría después de comer. Sarelunia leyó todo dos veces. No encontró la acusación que llevaba horas preparando en su cabeza. Tampoco una invitación a volver.
Contestó que dejaría las cosas con la portera y que necesitaba que le devolviera el recipiente de vidrio cuando pudiera. Añadió «sin prisa». Lo borró. No tenía prisa, pero tampoco quería inaugurar otra conversación para demostrarlo.
Antes de cerrar la bolsa vio que el cargador se había enganchado en el asa de la bolsa. Lo soltó con paciencia. Las llaves quedaron encima del libro. Bajó con todo y dejó una nota con el nombre de Darío. La portería seguía cerrada, así que volvió a subir: también las decisiones pequeñas podían esperar media hora.
En el segundo piso, Vera estaba recogiendo vasos. Sarelunia asomó la cabeza y preguntó por el colador.
—Está secándose. Entra, que hay café.
La canción de antes volvió a empezar desde algún sitio. Óscar no había conseguido quitar la repetición. Sarelunia dejó la bolsa junto a la puerta y fue a ayudar con los platos. Tenía una frase en la cabeza, pero todavía no sabía cómo seguía. La tarareó mientras abría el grifo. Vera respondió con una melodía distinta y ninguna de las dos se molestó en corregir a la otra.